Tic-Tac

Te despertaste sobresaltado, como cada mañana, por el recital de voces y estruendos de aquel infernal despertador vintage. La cabeza te estallaba y seguías teniendo ese horrible sabor a bilis en la boca. Puntual, el despertador volvió a recordarte, a las seis y diez, que tu día se repetía otra vez. Con tan sólo pulsar un par de botones tenías preparado aquel insípido desayuno, que tenías que culminar con un café del estraperlo para poder sobrellevar tu rutinaria rutina.
Tomaste el primer metro que se dirigía a las afueras de la ciudad. De tu viejo maletín sacaste un libro antiguo, de esos, pocos ya, que quedaban con páginas y olor a imprenta, a papel guardado y tinta reposada. Los transeúntes de aquel vagón que se desplazaba levitando gracias a un mecanismo magnético, que estaban absorbidos por sus pergaminos electrónicos que revolucionaron el mercado hace apenas año y medio, levantaron la cabeza atónitos, como si acabaran de descubrir por primera vez el fuego, ya extinto, del que sólo se puede disfrutar en los museos.
Ibas solo en el metro cuando llegó tu parada. Una mujer anunció por megafonía, en los tres idiomas que se hablaban en lo que quedaba de mundo, que la última parada llegaba: «Colegio de Saberes Leonardo Da Vinci». La puerta principal del centro estaba presidida por un gran escáner, de esos que había en los aeropuertos, que analizaba el ADN y comprobaba quién entraba y quién salía. Una vez dentro, recorriste los pasillos tortuosos y resplandecientes, desde donde se podía ver el interior de las aulas gracias a aquellos cristales opuestos, que dejaban entrar la luz a las aulas pero no permitían ver la realidad exterior.

Te paraste frente al aula de Historia, siempre te había fascinado cómo se aprendía la historia de la humanidad con esos cascos de ultrarealidad virtual. Con ellos puedes saber cómo fue la Primera Guerra Mundial o el viaje que realizó Colón a las ya desaparecidas Américas. Proseguiste tu camino hasta detenerte ahora en la clase de Educación Física, una asignatura que había sufrido múltiples mutilaciones y cambios, ya que ahora una mujer fofa y oronda se dedicaba a proferir gritos al ritmo de marcha militar mientras los alumnos realizaban una coreografía de artes marciales y defensa personal. La música y la pintura habían desaparecido, hace ya años, del sistema educativo. Los mandamases creían que corrompían el espíritu y formaban seres creativos y libres. Lo mismo había ocurrido con la informática y, como se denominó más tarde, las nuevas tecnologías. Durante los tres primeros años de vida, a los niños se les somete cinco veces por semana a una serie de radiaciones y ondas, todas ellas inofensivas, que les transfiere las habilidades y capacidades necesarias para poder utilizar cualquier dispositivo electrónico desde que empiezan a hablar.
Continuaste tu camino hasta el final del corredor, tomaste las escaleras que conducían hasta el sótano del edificio. Allí se encontraba tu pesadilla diaria. Tú, que siempre habías soñado enseñar a los más jóvenes a escribir, a hablar, a expresarse con solvencia, ahora te resignabas a llegar puntual a un aula semivacía de adolescentes hormonados. Tu trabajo consistía en pulsar un botón que recitaba, con una voz metalizada y resonante, los versos arcaicos de los poetas del siglo pasado. La clase de lengua se había convertido en algo mecánico y repetitivo, donde no existía la participación ni la interacción de los estudiantes. Y todo ello debido al descubrimiento de la tecnología intradérmica, que permitía introducir millones de microchips y placas base con infinidad de contenidos. Eso sí, esto sólo estaba al alcance de muy pocos bolsillos.
Para los pocos que aún asistían al colegio, tú eras un mero intermediario entre los conocimientos básicos y su futuro. Los días se te hacían cada vez más largos. Una copia del anterior. Lo mismo cada día. Lo mismo cada. Lo mismo. Lo. La rutina se iba extendiendo por tu vida tan deprisa, que a veces creías que todo esto no era verdad.
Al finalizar tu jornada, volviste a casa en el mismo vagón de todos los días, el penúltimo, y te sentaste el mismo asiento de siempre, el que va de frente, en el lado izquierdo. Leíste las mismas páginas que habías leído hace exactamente un día. Bajaste, puntual, a las veinte y veinte. Subiste por las angostas escaleras de tu ruinoso edificio, que se mantenía bailando sobre un pie, hasta el último piso.

Tic-tac. Tres vueltas a la cerradura. Tic-tac. El maletín en la entrada. Tic-tac. Las llaves en el cuenco. Tic-tac. La comida del gato. Tic-tac. El televisor con las noticias. Tic-tac. Los ojos que se cierran. Tic-tac. El balcón con las plantas. Tic-tac. La noche callada. Tic-tac. La brisa calmada. Tic-tac. El abismo que aprieta. Tic-tac. Las horas que pasan. Tic-tac. Al borde de la barandilla. Tic-tac. Uno. Tic-tac. Dos. Tic-tac. La vida se acaba.

Sobresaltado te despertaste. Miraste el móvil. Las cuatro y media. Todo había sido un sueño. Por fortuna o por desgracia nada había cambiado. La rutina imperaba en tu vida pero te llenaba, la educación continuaba siendo la misma y los mayores avances que se habían conseguido era implantar las pizarras digitales e informatizar todos los centros. Aliviado, te volviste a dormir. Seguía siendo mayo de 2030.

1 comentario:

  1. Me encanta la poesía de este relato. Me recordó a los relojes muertos de Eva María Medina Moreno (http://evammedina.blogspot.com.es/)

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